Motivos por los que Paulo Coelho es tan malo y, sin embargo, vende tanto

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Imaginemos que en lugar de un artículo escrito en ProDavinci, al escritor Héctor Abad Faciolince le hubiesen encargado un informe de lectura sobre las obras completas de Paulo Coelho.

Si tuviese que detenerse exclusivamente en analizar el estilo narrativo del autor brasileño aportaría -al menos- estas 4 razones para considerarlo un escritor tan malo:

  1. La ralladura sosa y rosa y empalagosa de su prosa
  2. Rudimentario en el uso del lenguaje
  3. Pobre en el pensamiento
  4. Elemental en sus recursos estilísticos

Pero como todo informe que se precie analiza a su vez el reverso oscuro del arte, y tiene muy en cuenta con el potencial comercial de una obra, sería interesante resolver la paradoja de cómo un autor con un estilo narrativo tan limitado, “vende por sí solo más libros que todos los demás escritores brasileños juntos”.

Objetivo: “tratar de descubrir en qué estrategias temáticas y narrativas podría residir su extraordinario éxito editorial”.

Y estas son las conclusiones de Faciolince que merecen una reflexión:

  1. Sus técnicas narrativas no se agotan en la simple estupidez; son algo más hábiles y algo menos burdas.
  2. Los libros de Coelho explotan hábilmente un universal humano: nuestra fascinación por los poderes de adivinación y conocimiento sobrenaturales.
  3. Le saca partido a nuestra credulidad, a nuestras debilidades y a nuestra ignorancia.
  4. El tono sapiente (de una sapiencia falsa, pero en fin) y el ambiguo lenguaje oracular se van soltando en pequeñas dosis a lo largo del libro.
  5. El pensamiento esotérico. Para volverlo doctrinalmente inofensivo, para despojarlo de todo peligro satánico, Coelho lo combina con dosis adecuadas de cristianismo tradicional: citas de la Biblia, cuadros del Sagrado Corazón de Jesús, rezos del Padrenuestro…
  6. Usa, intuitivamente y con alguna destreza, las estructuras más primitivas del cuento infantil.

Y es en este último punto en el que merece la pena detenerse, pues remite a uno de los manuales de referencia de la teoría literaria recomendable para cualquier aprendiz de narrador, tanto si ambiciona destronar a Coelho o no.

Se trata de: Morfología del cuento infantil (1928), Vladimir Propp. Y muestra, entre otras cosas, que muchas de las historias que se escriben y que leemos remiten a esquemas clásicos reconocibles y repetidos hasta la saciedad. Dicho de  a modo de filosofía de la ducha, la originalidad está sobrevalorada:

Llegará un punto en que haya tanta originalidad que, como dice Kierkegaard, sólo sea un verdadero hombre aquél que se anime a enfrentar la repetición.

Y eso sí que ha sabido hacerlo con maestría el brasileño: repetir “paso a paso las estructuras narrativas reveladas por el gran formalista ruso hace casi un siglo”. Por lo que además de una gran obra teórica, le debemos a Propp “las recetas de un gran éxito editorial“.

[Imagen: Fábio Abreu/Flickr]