3 clichés literarios que todo buen escritor debería evitar a toda costa

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Ventanas de Carmen QueraltNo hay recurso que más agreda la sensibilidad de un buen lector que el cliché o tópico literario. En palabras de C.S. Lewis (aunque para expresarlo desde otro enfoque): “Es como si alguien tratase de vendernos algo que no nos sirve a un precio que no queremos pagar“.

Más radical -y por lo tanto en su línea- Martin Amis ha declarado sin ambigüedades La guerra contra el cliché. Escritos sobre literatura (Anagrama). Aunque existen posiciones más moderadas entre un grupo de lingüistas que defienden su uso pues, opinan, que una escritura sin clichés seria ininteligible.

Entre una opción y otra existe un lugar intermedio en el que plantar la bandera de la cordura y recomendar esquivar, al menos, algunas situaciones que de tan tópicas pueden herir la sensibilidad del lector. Por ejemplo, estos 3 clichés literarios que todo buen escritor debería evitar a toda costa. Proceden de un decálogo propuesto por la revista Premiere que me he permitido transformar en una tríada, a fin de centrarme en las escenas más recurrentes:

1. La luz del amanecer que se filtra por las persianas: Imaginemos el escenario previo. Un hombre, una mujer. Mejor aún, el después de un tórrido y ardiente encuentro sexual de esos de sentimientos a flor de piel y cuerpos que se funden para formar uno sólo. Esa pareja despierta, agotada eso sí, acariciada por la delicada luz que (a) se introduce, (b) les descubre, (c)se filtra por las rendijas de la persiana.

Consejo para el escritor amateur: hay editoriales que les basta con toparse con esta fórmula en las primeras páginas para desechar un manuscrito por completo.

¿Alternativa?: decora la habitación del amor con stores o cortinas… impiden filtrar luz alguna por rendijas inapropiadas.

2. El secreto de familia o un trauma de la infancia: Un personaje neurótico siempre encontrará el momento inoportuno para explicar con todo lujo de detalles el material del que está construida su particular historia traumática. Ésta generalmente se engloba en las categorías (a) inmoralidades en el seno familiar (b) la pérdida de uno o, mejor, ambos padres o (c) el padre-madre que no es el verdadero padre-madre. Evidentemente, cualquiera de estos supuestos en la vida real requieren de un tratamiento delicado. Pero aquí se trata de analizar textos literarios (de ficción) y por lo tanto, desconfía de cualquier frase pronunciada por un personaje a punto de romper en llanto y que amenace con un “cuando tenía 7 años…”.

Consejo para el escritor amateur: la diferencia entre un personaje plano y otro profundo se descubre en que mientras el primero se conforma con narrar su drama particular, en el segundo nos sorprende y cautiva su capacidad para afrontar la adversidad y lograr adaptarse a las tragedias, amenazas o  reveses del destino.

¿Alternativa?: prescindir de los roles melodramáticos y construir personajes normales, pero asegúrate de que no se descubra aquello que hace que sean como son… precisamente a la manera del Bartleby de Melville.

3. Los personajes amnésicos, perdidos y artificialmente alterados: Por cada amnésico diagnosticado en la vida real, los hospitales literarios se ven desbordados atendiendo a  centenares de ellos. Son casos clínicos producidos por (a) comportamientos extremados que llevan a olvidar bien la noche anterior o la vida entera, (b) personajes que llevaban años desaparecidos y han olvidado el motivo de su huída y deben  comenzar desde cero, (c) consumidores de drogas vintage o de diseño y que transforman de forma inesperada su comportamiento.

Consejo para el escritor amateur: Técnicamente este recurso funciona como una “elipsis” narrativa o temporal, no deja de ser como un paréntesis en la historia que ayuda a avanzar en el relato o a generar tensión y misterio. Sin embargo, esta técnica se convierte en un cliché cuando se usa para ocultar un agujero en la narración.

¿Alternativa?: Obligar a los personajes a ejercitar su memoria, ya sea resolviendo sudokus en el excusado o jugando online al ‘apalabrados’ -y similares- desde sus smartphones de última generación.

[Imagen: Carmen Queralt en Ventanas]

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10 maneras de opinar sobre un escrito cuando preferirías no hacerlo

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Debbie Ridpath Ohi - I'm boredQuienes nos dedicamos a valorar manuscritos de manera profesional, en ocasiones nos encontramos con encerronas provenientes de escritores del tipo (a) sin habilidad narritava alguna pero que en el fondo nos caen bien o (b) sin habilidad narritava alguna pero que nos interesa caerles bien.

Es por ello que no podemos más que estarle agradecidos a Lizzy Cantú por ofrecernos este útil Manual de eufemismos elegantes (El Malpensante), aplicable en situaciones que requieren de una especial delicadeza a la hora de opinar:

1. Elogie el atrevimiento de perseverar en el mal gusto. “Me parece una propuesta muy valiente/joven/honesta”. Los libros de historia están llenos de audaces. Los cementerios también.

2. Sea un pacifista.“¿Por qué pelear por esto si podemos pelear por otras cosas?”.

3. La sinceridad absoluta funciona solo en términos muy generales. “Lo que más me gustó es que me hizo pensar mucho”. Después excúsese y vaya a pensar mucho en otras cosas.

4. Emplee el método de la papa caliente. “Sé de alguien a quien va a encantarle”. Después derívelo a la competencia. Funciona igual si le han mostrado un avance de un documental o lo nombraron jurado del postre que hizo su sobrina adolescente.

5. Contribuya al progreso del otro. “¿Y has pensado qué vas a hacer después de ‘esto’?”. Olvídese de aclarar que esto se refiere a la vergüenza, la infamia o la impotencia.

6. Si es necesario, recurra al autodesprecio y excúsese en la propia ignorancia o ineptitud. Francamente no siento que yo sea la persona adecuada para juzgarlo”. Para mayor credibilidad, evite el cliché “Creo que soy yo”. Pero establezca distancia. “Yo nunca podría hacer algo así”.

7. Evite dejar constancia de su juicio. “¿Te parece mejor si te llamo?”. No aplicable si le piden un prólogo, una contratapa o que sea en algún festival muy concurrido. Para esos casos, recurra a alguno de los otros mandamientos.

8. Muestre siempre genuino interés. “¿Cuánto te tardaste en terminarlo? Me interesa mucho saber cómo lo hiciste”. En algunas ocasiones puede usarse la variante psicoanalítica. “¿Por qué decidiste hacer algo así?”. Aprenda de los errores ajenos.

9. Apele al mal gusto del público para justificar una mala obra. “Creo que es para un cierto público muy selecto”. Después contextualice. “Esto en [inserte aquí una época o lugar lejano] sería perfecto”. Algunos optimistas con visión de largo plazo aprecian la incomprensión que algunas veces precede a la genialidad.

10. Rehúse dar una opinión anteponiendo un valor supremo. “¿Para qué arriesgar nuestra amistad?”. Funciona con encuentros amorosos fallidos y manuscritos de muy malas novelas. En el peor de los casos, el sujeto en cuestión preferirá conservar su amistad.

[Imagen: Debbie Ridpath Ohi en I’m bored]